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¿Existen puntos de encuentro entre el Islam y el anabaptismo?
Por Dionisio Byler
He leído recientemente un artículo de hace algunos años del menonita David Shenk, uno de los máximos expertos en el diálogo entre cristianos y musulmanes, donde resalta la similitud entre el programa político-religioso del Islam y el de la Cristiandad imperial europea. Lo que escribo a continuación está inspirado en parte en lo que he leído de este hermano, pero las inexactitudes que pueda haber a continuación serán en cualquier caso de mi responsabilidad, y las opiniones vertidas son las mías propias.
Cuando el cristianismo logró la mal llamada conversión de los emperadores romanos, lo que se consumó fue una conversión radical del cristianismo, que se transformó en instrumento útil de la política y propaganda imperial.
Los evangelios cuentan que la posibilidad de hacerse con el poder político fue una de las tentaciones diabólicas con que tuvo que luchar Jesús. Al final Jesús logró superar esa tentación y en lugar de imponer el reinado de Dios por la fuerza de las armas, se dejó clavar en la cruz. Los seguidores de Jesús alegaron que Jesús a la postre volvió a la vida y que gobernaba a la humanidad desde el interior de los corazones que se dejaban cambiar, voluntariamente, haciendo suyas las conductas que Jesús había enseñado.
Pero los obispos de la Iglesia imperial empezaron a enseñar que Jesús gobernaba el mundo por medio de su representante divinamente elegido, el Emperador, que adoraba a Jesús como su dios y contaba, por consiguiente, con el respaldo y aval divino para sus políticas. Ya no era indispensable — aunque seguía siendo deseable— que cambiaran los corazones de las personas. Ya no era indispensable, por cuanto ahora Dios podía reinar en cualquier caso sobre la humanidad gracias a las leyes y a la policía.
Tres siglos más tarde, Mahoma imitó este mismo proceso. Haciéndose con el control de las tribus árabes mediante las gloriosas victorias que le concedía Alá, demostró así ser el Profeta legítimo cuyas revelaciones marcarían para siempre las conductas que Alá impone a los hombres. El propio éxito de sus sorprendentes victorias militares rubricaba más allá de toda duda, que Mahoma era el Profeta escogido de Dios. Así las cosas, durante toda la Edad Media y hasta tiempos recientes, el mundo ha vivido el enfrentamiento entre dos versiones de un mismo programa. Los cristianos creían que Jesús es Dios y que sus emperadores —luego por extensión también los reyes de los territorios en que se dividió Europa— instituían por la fuerza el reinado de Dios. Los musulmanes entendían que sus gobernantes tenían esa misma responsabilidad, de gobernar a sus súbditos conforme a la voluntad de Alá revelada en el Corán.
El problema con este estado de las cosas, es que es una receta —como se viene comprobando— para un conflicto inacabable. Un conflicto que, además, de vez en cuando tiene que desembocar en guerra abierta, con cifras muy elevadas de muertos en combate. Parecería ser que el único final posible para ese enfrentamiento militarizado entre pretendidos defensores de la fe, fuera el de que una de las dos religiones desapareciera. La otra quedaría, entonces, como único representante autorizado de la voluntad de Dios para gobernar a los hombres.
La alternativa anabaptista
En el siglo XVI, cuando tanto la Iglesia Católica como los Reformadores Protestantes entendían que el mayor peligro que afrontaba Europa era la amenaza del Islam representada por los avances del ejército turco, nació una «secta» cuyos seguidores ninguneaban ese enfrentamiento. Los anabaptistas se negaban a contribuir con sus fuerzas y sus armas al esfuerzo europeo por reconquistar territorios dominados por el Islam. Perseguidos como «herejes» por su insumisión a la Madre Iglesia, la especial saña con que fueron cazados hasta el borde de la extinción, se debió a que no estaban dispuestos a ver a los musulmanes como enemigos sino exactamente igual que como veían a sus vecinos europeos. Unos y otros necesitaban recibir el evangelio; y el evangelio nunca se podía imponer por la fuerza sino sólo por el amor al prójimo y el testimonio de vidas consagradas a Dios. Incluso por el martirio, si hacía falta —pero nunca un presunto martirio de combatientes contra «infieles», sino el martirio real de entregar la vida propia en lugar de tomar la vida ajena.
La cristiandad estatal carecía de un programa de misiones realmente evangelizador para el mundo musulmán. Concebida la cristianización como un efecto derivado de la expansión del poderío bélico de las naciones occidentales, pudo haber, sí, algo que se llamó «misiones» que acompañó durante algunos siglos las conquistas militares de tierras musulmanas. Primero aparecieron las «misiones» portuguesas y españolas, y a la postre también las «misiones» inglesas, neerlandesas, francesas, prusianas (alemanas), rusas y estadounidenses. El siglo XX ha sido testigo del colapso de este modelo de misiones, por cuanto el equilibrio político entre los continentes se ha ido reequilibrando poco a poco. Hoy día las embajadas ya no pueden ser un punto de protección y fomento de las misiones cristianas.
Esta es una pésima noticia para «lacristiandad», pero una oportunidad maravillosa para otra manera de enfocar «la Gran Comisión» de Jesús a hacer discípulos suyos en todas las naciones hasta el fin del mundo.
Y en este nuevo orden mundial, esa manera tan novedosa que tuvieron en su día los anabaptistas, de ver a los musulmanes exactamente igual que como veían a sus vecinos «cristianos» en Europa, puede servir de modelo. El cristianismo anabaptista no procura conquistar, vencer ni derrotar al Islam. Sólo pretende vivir como Jesús nos instruyó, ser una luz que brilla en las tinieblas, una ciudad construida sobre un monte, un modelo de sociedad humana vivida conforme a las virtudes del amor a Dios y amor al prójimo que aprendimos de Jesús, nuestro Maestro. Entiende que a los musulmanes no hay que derrotarlos. ¡Ni siquiera a los extremistas y terroristas! Hay que amarlos, exactamente igual que hay que amar a cualquier otro pecador y cualquier otro santo que tengamos a nuestro lado. Desde el amor podemos reconocer y alabar las virtudes que enseña el Islam; y desde el amor podemos dar el ejemplo de otras virtudes que tal vez ellos carezcan —pero nunca como crítica o reproche, sino tan sólo como ejemplo y luz. Esto significa desandar trece siglos de desconfianza, odio, guerra, muerte y carnicería, cometido todo ello en el nombre de Jesús y elevando la cruz como símbolo de la fe cristiana.
Es obvio que ni el nombre de Cristo ni el símbolo de la cruz pueden tener ningún atractivo para los musulmanes—ni para los judíos— cuando ellos lo han sufrido sobre sus carnes siempre como símbolo de odios, destrucción, guerra, conquista y muerte. ¡Sí, es hora por fin de un cambio de modelo! Los anabaptistas tienen — según David Shenk— algunos puntos en común desde donde puede comenzar un diálogo de mutuo respeto y } amor inspirado por Dios. Para empezar, los anabaptistas, al igual que los musulmanes durante los siglos de imperialismo y colonialismo europeo y norteamericano, saben lo que es ser víctima de la fuerza intolerante de los Estados cristianos. Nosotros hemos sufrido persecuciones e intolerancia; ellos han vivido la bota opresora del colonialismo. Ambos hemos vivido «la cristiandad» como opresión intolerable, no como un modelo de vida que inspira confianza, gozo, amor y paz.
Quince cosas que traemos a la mesa
Shenk enumera quince cosas que traemos los anabaptistas al diálogo con los musulmanes. Algunas de estas cosas son muy altamente valoradas por el propio Islam; otras les resultarán sorprendentes, pero no necesariamente rechazables siempre que se ofrezcan con humildad, mansedumbre y el verdadero amor aprendido de seguir a Jesús. Muchos de estos puntos los comparten otros cristianos, desde luego; aunque les correspondería seguramente explicar en qué se desdicen, hoy, de la intolerancia y guerra que han protagonizado históricamente contra los musulmanes:
1. El compromiso a dejarnos guiar por la Palabra de Dios.
2. El compromiso con Jesucristo y con una forma de interpretar la Biblia a partir de Jesús.
3. El compromiso con la conversión, un volver a nacer.
4. El compromiso con el reinado o gobierno de Dios.
5. El compromiso a someterlo todo bajo la autoridad de Cristo.
6. El compromiso con la separación entre Iglesia y Estado.
7. El compromiso con la libertad de cada persona a escoger su fe.
8. El compromiso con la ética de Jesús en cada aspecto de la vida.
9. El compromiso con el camino de la cruz y con esa paz que viene de la cruz.
10. El compromiso a servir al prójimo como lo hizo Cristo.
11. Testificar que somos discípulos de Jesús, perdonados y redimidos por él.
12. El compromiso con la iglesia como señal del reinado de Dios.
13. Un pueblo de esperanza, que sabe que el reinado de Dios sólo culminará cuando vuelva Jesús —aunque a la vez ya está presente ahora en la vida y el ministerio de la iglesia.
14. El compromiso a servir en aquellas formas y maneras que nuestros amigos musulmanes nos inviten a servir.
15. Vivir y servir en la plenitud y el poder del Espíritu Santo.
Extraido del El Mensajero (Publicación de la Iglesia Menonita de España)
(Reflexiones inspiradas en David Shenk, «Anabaptists and Muslims: Commitment to the Kingdom of God», Mission Focus Annual Review, Vol. 14, 2006, pp. 179-194.)
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