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Reflexiones Anabautistas

"Exorcismos por la vida"

Por Amós Lopez Rubio

Sermón del Domingo 5 de febrero de 2012.

Textos: Salmo 146 / Job 7, 1-4, 6-7 / Marcos 1, 21-39

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países. Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle. El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo, fue un trovador quien pronunció:

-Yo sé el remedio, la única medicina para vuestros males, Señor. Solo hay que buscar a un hombre feliz, vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.

Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra, pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud, echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos. Mas una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:

-¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares, ¿qué más podría pedir?

Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:

-Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!

En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante. Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:

-¿Dónde está la camisa del hombre feliz? Es necesario que la vista mi padre!

-Señor –contestaron apenados los mensajeros-, en hombre feliz no tiene camisa.

Esta hermosa historia del escritor ruso León Tolstoi nos invita a reflexionar en variados temas: ¿en qué consiste la felicidad? ¿en qué consiste la libertad? ¿qué relación hay entre ellas y como influyen en el bienestar integral de la persona? Muchos afirman que si se tiene dinero, salud y amor el ser humano está completo. ¿Será verdad que poseer estas cosas nos hace personas libres? ¿Qué nos enseña el Evangelio sobre estos temas?

La libertad es uno de los grandes dones del Evangelio. En el pasaje que fue leído, Marcos nos presenta a Jesús como aquel que ha venido con el propósito de traernos libertad. El texto relata varios actos de sanación y expulsión de demonios en la pequeña ciudad de Capernaum. Primero, Jesús expulsa un espíritu inmundo de la vida de un hombre que estaba en la sinagoga. Después, al llegar a la casa de Simón Pedro, Jesús libera a la suegra de su discípulo anfitrión de una fiebre que la tenía postrada en cama. Al atardecer, muchas personas enfermas en el pueblo se acercaron a la casa de Simón Pedro y Jesús las atendió y las sanó.

En la cultura greco-romana de aquella época, el mundo espiritual e invisible es comprendido como un espacio habitado por seres espirituales cuyas actividades inciden en la vida de los humanos. Un acto de sanidad o la expulsión de un espíritu inmundo es comprendido como un acto donde las personas son liberadas de aquellas fuerzas espirituales que le dominaban y hacían imposible una vida plena. Se creía que las enfermedades y dolencias eran el resultado del pecado. Lo mismo se entendía de las personas poseídas por un demonio. En el orden simbólico de los judíos, la enfermedad se asocia también con la impureza ritual de modo que la persona enferma quedaba excluida de la comunidad de fe.

Tanto Mateo como Marcos, nos narran la sanación de un hombre sordomudo que era considerado, a la vez, un endemoniado. La señal de que el espíritu inmundo ha salido de él es que sus oídos escuchan y su lengua ha sido desatada y puede hablar. Recordemos también que cuando Jesús sana al endemoniado gadareno, cuya vida era similar a la de una bestia salvaje, Lucas nos dice que aquel hombre, al ser sanado, recuperó su sano juicio, estaba sentado, vestido y conversando con Jesús. Es decir, aquella enfermedad mental que hacía del pobre gadareno un ser irracional y violento, también es identificada con una posesión demoniaca.

Por esta razón, es comprensible que en aquel tiempo abundaran los curanderos y exorcistas, personas que tenían el don de sanar enfermos, o, lo que es lo mismo, de expulsar demonios. Sin embargo, lo que distingue a Jesús de estos otros curanderos y guías espirituales es que la obra de Jesús es una obra gratuita, él no cobra por sanar y expulsar demonios. Su obra estaba inspirada en el amor por la persona enferma y poseída, y en el compromiso con el pueblo humilde, sufriente y oprimido. Además, los actos de Jesús no tenían el propósito de glorificar su propia persona sino que estaban al servicio del anuncio del reinado de Dios que se hacía presente en la vida de las personas, un reinado que trae liberación, salud, bienestar, esperanza, posibilidad de vida.

Ese reinado de Dios es una buena noticia que trae salvación y salud, palabras que en el Nuevo Testamento tienen una misma raíz y se utilizan una en lugar de la otra. Salvación es sinónimo de salud y viceversa. Por eso, las acciones de Jesús son signos de misericordia y justicia, que buscan la liberación integral del ser humano y el restablecimiento a la vida social y religiosa de aquellos que han sido declarados enfermos e impuros.

Es importante notar que las sanidades y exorcismos que Jesús realiza están relacionadas con su autoridad, una autoridad que la gente no solamente reconoce y admira, sino que considera superior a la autoridad de los otros líderes religiosos, como los escribas y fariseos. En el pasaje que nos ocupa, Marcos nos relata la curación de un hombre poseído por un espíritu inmundo un día sábado y en la sinagoga. Esta es una escena común en los evangelios: Jesús sanando personas enfermas en el día sábado y en la sinagoga. Ya sabemos que esta conducta de Jesús comunicaba el sentido de su ministerio: “yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Si las leyes religiosas prohibían sanar el día sábado, Jesús cuestiona esa tradición y afirma que “el sábado se hizo para el ser humano y no el ser humano para el sábado”. Es decir, la tradición debe estar al servicio de la necesidad humana, y no al revés.

En este sentido, la curación de un ser humano en la sinagoga y en el día sábado puede ser entendida, más allá de una sanidad física, como la liberación de la carga que los líderes religiosos imponían sobre el pueblo, carga representada en un conjunto de leyes y normas que nadie podía cumplir y que tergiversaban el sentido y propósito de la Ley de Moisés. Los escribas y fariseos veían en aquel espíritu inmundo una fuerza adversa a la pureza religiosa y moral. Y no tardaron en identificar a Jesús como alguien también poseído por algún demonio porque las enseñanzas y prácticas de Jesús cuestionaban la autoridad y las doctrinas de ellos.

Por lo tanto, podríamos sugerir que cuando Jesús expulsa aquel espíritu inmundo de la sinagoga podría también estar expulsando a las leyes y normas que los líderes religiosos del momento imponían al pueblo. No es difícil pensar que para Jesús la sinagoga, como casa de reunión, oración y enseñanza religiosa para el pueblo, debía recuperar su sentido y volver a ser un espacio donde se proclama una palabra de vida y esperanza, y no de condena y exclusión. Comentando este pasaje, el biblista español Xavier Pikaza nos dice: “Precisamente en el lugar donde los hombres se encontraban dominados por sus tradiciones ancestrales (sinagoga), incapaces de cambiar, Jesús ha introducido su fuerte novedad al ofrecer el reino. No se trata de decir, sino de hacer, cambiando a los demás”.

Una actitud similar la podemos ver cuando Jesús expulsa a los mercaderes del templo de Jerusalén afirmando que aquel lugar santo, aquella “casa de oración” se había convertido en una cueva de ladrones. La expulsión de los mercaderes del templo es una especie de exorcismo, era necesario expulsar del templo aquellos espíritus inmundos que manipulaban la fe del pueblo y blasfemaban contra la pureza y la santidad del Dios de Israel.

Por tanto, la expulsión de un espíritu inmundo dentro de la sinagoga puede ser comprendida como la expulsión misma de la falsa religiosidad de escribas y fariseos. La pregunta del hombre poseído a Jesús: “¿Has venido a destruirnos?” se refiere también a todo el sistema religioso que Jesús ha venido a confrontar. La autoridad de Jesús se presenta como superior a la de los escribas y fariseos, porque estos no se preocupan por la vida del pueblo sino que imponen dogmas y cargas opresivas, y clasifican a las personas en puros e impuros. No olvidemos que para los escribas y fariseos los impuros y los inmundos son los otros. Difícilmente encontremos algún representante de la élite religiosa poseído por algún demonio.

Las enseñanzas y las leyes que provienen desde arriba, desde las cúpulas religiosas, económicas y políticas, caen sobre las espaldas del pueblo humilde y les impone una carga insoportable. Son estas leyes y normas las que poseen al ser humano, lo dominan y lo someten a vivir como un ser inferior, doblegado ante los poderosos, destituido de la gracia de Dios y apartado de sus seres queridos, condenado a la exclusión. Por tanto, el espíritu inmundo que es expulsado de la vida de aquel hombre en la sinagoga es una acción profética y liberadora de Jesús: simboliza la expulsión, el rechazo de aquella carga que los escribas y fariseos imponían sobre el pueblo. Simboliza la expulsión de las doctrinas, las enseñanzas, y con ellas, de la autoridad misma de aquellos poderes religiosos.

De este mismo modo podemos comprender la sanidad de la suegra de Pedro y la sanidad de muchas personas aquel día en la ciudad de Capernaum. Jesús sana a muchas personas enfermas y poseídas por espíritus inmundos. Llama la atención la afirmación de Marcos de que “la población entera estaba agolpada a la puerta de la casa de Simón Pedro”. Lo que pasó primero en la sinagoga, se extiende ahora al resto de la comunidad. No solamente uno, sino todos y todas deben ser liberados de las cargas que no les permiten vivir digna, respetuosa y saludablemente, como hijos e hijas de Dios. La enfermedad y la posesión demoníaca son señales de la deshumanización a que estaban sometidas las personas, estaban privadas del bienestar físico, moral y espiritual; estaban privadas del amor de sus familiares, estaban privadas de la posibilidad de valerse por sí mismos y de llevar adelante sus propios proyectos de vida, en libertad y fraternidad.

La experiencia de aquellas personas enfermas es muy bien reflejada en las palabras de Job cuando, consumido por el dolor de su enfermedad y su pérdida, exclama: “El hombre en la tierra cumple un servicio, vida de mercenario es su vida; como esclavo, suspira por la sombra; como jornalero, aguarda su soldada. También yo comparto meses baldíos, noches de agobio me tocan en suerte. Al acostarme pienso: ¿cuándo llegará el día? Y al levantarme: ¿cuándo se hará de noche? Me harto de pesadillas hasta el alba … Mis días corren más que la lanzadera, se consumen sin nada de esperanza. Recuerda, mi vida es solo un soplo, mis ojos ya no verán la dicha”.

No es posible la libertad, si se asume la vida como un fatalismo, como un camino trazado sin que haya alternativas de cambio. Esta imagen de dormir pensando en cuándo amanecerá y levantarse preguntándose cuándo anochecerá es la imagen no solo de la impotencia sino también de la vida convertida en un círculo vicioso que no entraña otras posibilidades y otros horizontes, es la total ausencia de sentido propio, de valor propio, de proyectos propios. Otros han decidido cómo será nuestra vida, otros colocan los límites, otros nos dicen cómo debe ser todo, otros nos indican las palabras que podemos y no podemos decir. La vida así es un verdadero infierno.

Jesús es aquel que viene a traernos libertad, y lo hace comenzando por él mismo. Jesús decide por sí mismo responder al llamado y la vocación que siente como suyos y no impuestos desde fuera. Esta determinación la vemos en los últimos versículos de nuestro pasaje, cuando Jesús decide no someterse a los planes de sus discípulos ni a los reclamos de un pueblo en particular. Pedro fue a dónde Jesús se había retirado para orar, en las afueras del pueblo, y le dijo que todos lo estaban buscando. Pero Jesús respondió que debían salir de allí y recorrer otros lugares para continuar sanando y liberando a otras personas. La misión de Jesús no debía ser trazada por otros, sus palabras y obras no debían ser interpretadas por otros, su nombre no podría ser pronunciado por sus enemigos ya que según la creencia de la época, pronunciar el nombre de una persona equivalía a dominarla, el anuncio del reino de Dios no se relacionaba con el poder político, las sanidades y exorcismos no debían hacer creer a la gente que Jesús era un mago o un curandero más.

Porque la liberación que Jesús ofrecía tenía como propósito final restaurar la vida de la gente y restablecer el sentido de esa vida, de tal modo que las personas liberadas también pudieran comprometerse con la causa del reinado de Dios. Esto es lo que sucede por ejemplo con la suegra de Pedro, ella es sanada e inmediatamente se puso a servir a Jesús y a sus discípulos, sin importarle que fuera sábado y que la tradición prohibiera todo tipo de trabajo en ese día. Ella comprendió el sentido de la propuesta de Jesús y se colocó bajo la dimensión de la gracia y del amor, se hizo sierva en obediencia al siervo mayor, Jesús. El restablecimiento de aquella mujer le llevó a disponerse al servicio de la causa de Jesús. La casa de la suegra de Pedro se convirtió en casa de enseñanza y liberación, en una comunidad al servicio de la vida.

Como se ve, Jesús decide por el camino más difícil y enfrenta las injusticias. Se coloca al servicio de la vida, de la liberación plena y cuestiona leyes, normas, poderes. Jesús decide liberar a las personas de todo aquello que les enferma, que les excluye, que les posee y les destruye. Solo así se puede vivir una vida auténtica y propia. Por ello, sanar y expulsar demonios son también señales de liberación y esperanza.

¿Dónde están hoy las personas que sufren enfermedad, exclusión, cuyas vidas están siendo destruidas? ¿Quiénes son aquellos y aquellas que no pueden disfrutar de una vida digna, que no reciben respeto ni son valoradas de acuerdo a las normas de nuestra sociedad, de nuestra moral o de nuestra religión? ¿Dónde están las personas que hoy no tienen la posibilidad de llevar adelante su propio proyecto de vida y tienen que ajustarse a los moldes que otros establecieron? Pero no basta con identificar donde está presente el dolor, el sufrimiento, la injusticia, la resignación y la falta de esperanza. Es preciso que también identifiquemos las causas y los responsables de estos males que hoy nos afectan como humanidad.

En la perspectiva del evangelio, la curación de un enfermo o de un endemoniado tenía una significación mucho más profunda que el acontecimiento en sí mismo. Aquel acto era la transformación de una situación de injusticia y muerte. Necesitamos una visión profunda y crítica para poder discernir la presencia de los poderes demoníacos más allá de las imágenes grotescas y terroríficas que nos vende el cine del entretenimiento. El mal está sutilmente instalado en relaciones humanas injustas y en las estructuras de poder que hoy deciden el rumbo de nuestro mundo. Estructuras económicas que enriquecen a unos pocos y empobrecen a millones, estructuras políticas verticalistas que impiden el ejercicio de la democracia y la participación popular; estructuras religiosas que solo buscan el éxito y no el compromiso y el acompañamiento a las personas necesitadas.

Vivimos en un mundo enfermo pero tenemos los recursos y las posibilidades para sanar. El evangelio de Jesús nos ofrece la posibilidad de ser personas libres y sanas, pero para eso es necesario que seamos confrontados con nuestro propio pecado, con nuestros egoísmos, con nuestras ambiciones, con nuestra falta de amor y de compromiso. Es preciso despojarnos de aquello que poseemos y a lo cual nos aferramos porque a veces lo que poseemos nos posee, nos domina, nos esclaviza y nos destruye. El evangelio quiere liberar tanto al que posee como al que es poseído. El evangelio quiere sanar tanto al que provoca la enfermedad como a quien la sufre.

El mal está en nosotros, y no solamente a nuestro alrededor. Jesús nos enseña que lo que nos hace personas impuras no es lo que entra en nuestro cuerpo sino lo que sale de nuestro interior, de nuestro corazón. Es allí donde surgen los malos pensamientos y el deseo de poseer más de lo que realmente necesitamos. Es en nuestro corazón donde se generan las ambiciones, las desigualdades, las injusticias y la violencia. Y es de allí también de donde proviene la fuerza del amor, de la bondad, de la reconciliación, de la sanidad que necesitamos.

La libertad que Jesús nos ofrece significa identificar el mal que nos habita y tener el valor de expulsarlo de nuestra vida. Solo así podremos identificar al mal que está fuera de nosotros y luchar contra él. Jesús nos advierte en el evangelio: “¿Por qué te fijas en la paja que hay en el ojo de tu hermano y no te das cuenta del tronco que tienes en el tuyo?” Este reconocimiento sincero del mal que nos posee es el primer paso hacia una vida nueva, hacia la salvación y la liberación que el amor de Dios puede y quiere producir en nosotros.

Habiendo dado este primer paso estaríamos en condiciones de mirar atentamente a nuestro mundo y levantar nuestra voz para expulsar aquel espíritu inmundo del consumismo que domina a las personas y les hace creer que son inferiores e infelices si no pueden adquirir un determinado producto en el mercado; para expulsar aquel espíritu inmundo que domina los corazones de los señores de la guerra y de quienes fabrican armamentos para destruir la vida; para expulsar aquel espíritu inmundo que promueve la violencia en los hogares, en las calles, en los medios de comunicación; para expulsar aquel espíritu que posee a los gobiernos y compañías que destruyen bosques y selvas para cultivar biocombustibles, es decir, alimentos para los autos en lugar de alimentos para las personas, ¿habrá alguna demencia más grande que esta?

Nuestro cuerpo necesita ser sanado. Nuestra sociedad necesita ser sanada. La iglesia de Jesucristo necesita ser sanada. La naturaleza necesita ser sanada. Es preciso seguir expulsando de nuestra vida aquellos espíritus inmundos que nos enferman, que nos deshumanizan, que nos destruyen, que nos alejan de nuestros hermanos y hermanas, que nos hacen sentirnos seres superiores y adueñarnos de lo que no nos corresponde.

Termino con las palabras desafiantes de Atenágoras, patriarca de la Iglesia Ortodoxa en Constantinopla: “Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, Él, entonces, nos da un tiempo nuevo donde todo es posible. ¡Es la paz!”. Pidámosle a nuestro Dios que su amor, su misericordia y su justicia nos posean, nos llenen de tal forma que podamos llevar adelante la obra de sanidad y liberación que Jesús nos ha encomendado. Amén.

El hno Amós Lopez Rubio es pastor de la Iglesia Menonita de Boulogne (Argentina)


 

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