por John D. Rempel
Traducción Amlac.

El corazón de la Vida Cristiana nos alinea con el amor de Dios. Desperdiciamos el amor y después nos dirigimos al Espiritu para que nos llene con él otra vez. Aún más difícil que eso, especialmente cuando tratamos de dar sentido a nuestras luchas actuales en la iglesia, es que hacer con el desazón de sentir que nuestro problema podría ser que entendemos el amor de maneras diferentes y contrarias.
Los “conservadores” en nuestra iglesia se despiertan en la noche preocupados porque los límites establecidos para mantenernos fieles no se mantengan. Los “liberales” se despiertan en la noche preocupados porque los límites puedan reemplazar el centro como base de la fidelidad. Dos formas diferentes de ver la iglesia y el mundo han surgido entre nosotros. Por un lado nos esforzamos, por identificar la fuente de nuestros desacuerdos; por otro lado, tenemos miedo de nombrar lo que nos divide más profundamente, porque la brecha quizás sea demasiado grande para hacer un puente.
Esa diferencia fundamental de la visión del mundo es la única explicación que puedo encontrar para explicar el carácter visceral del debate que ha acompañado el cambio de posiciones en la definición de prácticas de la iglesia tales como el divorcio, la mujer en el liderazgo y la homosexualidad. Hoy en la Iglesia Menonita de EEUU y Canadá, la homosexualidad es el tema con más carga emocional para un profundo abanico de diferencias entre creencias y prácticas. Es el chivo expiatorio de gran parte de nuestra confusión, miedo e ira ante los sacudidos fundamentos de nuestra fe.
Si el evangelio bendice o no el amor entre homosexuales es un tema polémico, pero es sólo una expresión de una disputa mucho más amplia y profunda entre conjuntos contradictorios de supuestos por los que vivimos. Ninguno de estos temas puede soportar el peso de toda nuestra confusión, ira y miedo. Sólo si encontramos formas de identificar los supuestos subyacentes de nuestra lucha podemos aspirar a la reconciliación. Aqui hay un intento de nombrar lo que está en juego.
Echemos un vistazo a cuatro realidades que condicionan la forma en que vemos el mundo.
1. La tensión entre la autoridad de la Biblia y la autoridad del Espiritu Santo.
La Biblia es un escrito sobre la revelación de Dios y nuestra respuesta. El Antiguo Testamento (AT) describe acontecimientos como el éxodo de Egipto y la entrega de los Diez Mandamientos. El Nuevo Testamento (NT) describe acontecimientos como la venida de Cristo y la comunidad que surgió en respuesta a él. Queremos vivir lo que las Escrituras enseñan, pero hacerlo siempre implica aplicar una vieja historia en nuevo encuadre. Aquí es donde entra el Espiritu Santo. Por ejemplo, en los Evangelios leemos que Cristo vino para redimir a Israel. En Hechos leemos que la redención de Cristo incluye también a los gentiles. En sus mensajes de despedida en Juan 14 (11-29) Jesús promete a sus discipulos “otro Paráclito”, una Presencia de Dios que les enseñará como vivir una vida de amor luego de que su Maestro y Amigo haya partido.
Esto significa que la Biblia puede ser una autoridad final para la iglesia sólo cuando es iluminada por el Espíritu. Pero ¿Quién puede decir a dónde nos está llevando el Espiritu?. Para los Menonitas, las confesiones de fe han sido modelos de discernimiento en la aplicación de la Biblia a las preguntas difíciles de cada momento. Cuando la iglesia acepta los artículos de una confesion de fe es como decir que se acercan lo más posible a la descripción del camino de Cristo. Dado que siempre conocemos “en parte” la lucha con nuestras creencias y prácticas continúa. Estas luchas han llevado a grupos de todo el espectro a cuestionar y rechazar partes de la Confesión de Fe desde una Perspectiva Menonita. Estos son algunos ejemplos. Respecto de la situación de hombres y mujeres (artículo 6), la Confesión afirma que el gobierno del hombre sobre la mujer es resultado del pecado y que con la redención ambos son restaurados a la imagen de Dios. La Confesión llega a la conclusión de que Dios llama a líderes de ambos sexos. En la práctica de la Comunión (articulo 12) la Confesión declara que sólo aquellos que son bautizados estan invitados a la mesa del Señor. Sobre la cuestión de la unión sexual (articulo 19), la Confesión afirma que concierne sólo al ámbito del matrimonio heterosexual.
La única cuestión de la Confesión de fe en la que se pide conformidad en nuestra denominación es el rechazo implicito del matrimonio de personas del mismo sexo (artículo 19). Una de las pocas salidas de la Confesión que se disciplina es cuando un ministro prescide una unión de personas del mismo sexo. No se hace nada cuando los miembros o ministros públicamente rechazan una comprensión trinitaria de Dios (artículo 1). No se hace nada cuando los miembros o ministros públicamente rechazan las enseñanza del pacifismo (Artículos 8 y 22).
¿Qué está pasando aqui? Los individuos y grupos están en desacuerdo sobre el discernimiento de la Confesión de cuando guía el Espiritu la intepretación de la Escritura. Por cierto, ningún proceso de discernimiento en un único periodo de tiempo es absoluto. Pero sin la Confesión como árbitro, como un documento en su propio derecho y como símbolo de la tradición, no hay otro modo acordado de medir la fidelidad. Sin embargo, la gente sincera está en desacuerdo sobre qué temas de la Confesión expresan adecuadamente la guía del Espíritu hoy y cuales son los temas de naturaleza divisoria entre las iglesias.
La posición histórica dominante ha sido que las confesiones identifican aquellas cosas que nos unen y que deben unirnos para permanecer fieles. Nuestra actual confesión se encuentra en esa tradición. Ofrece una ortodoxia permeable en la que se afirman las posiciones históricas pero con el respeto hacia una amplia gama de intepretación. Por ejemplo la confesión afirma que Cristo murió para salvarnos (artículo 8), agregando que cada uno de los modos clásicos de dar sentido a la muerte de Jesús (Cristo victorioso, substitución, influencia moral) arrojan la luz del Espíritu a las enseñanzas bíblicas. Nuestra confesión busca establecer los elementos esenciales del evangelio como los Menonitas lo han entendido, dejando margen para la diversidad de intepretación que sigue justificado hasta la médula.
¿Que hacemos cuando una parte significativa de la iglesia encuentra inadecuado el discernimiento establecido en la Confesión para las necesidades de hoy en día y de la guía del Espiritu hoy? ¿Volvemos a la autonomía de la congregación? Si lo hacemos, ¿No hay ninguna posición en la que debemos ser una mente común y vivir fielmente la voluntad de Dios? Otro enfoque consiste en decir que son las relaciones de confianza, respeto y paciencia la que se nos pide para celebrar juntos nuestra denominación. Estas virtudes son indispensables. Pero, ¿Puede todo el peso de la comunidad ser acarreado con las relaciones? ¿No somos responsables de las verdades que son intepretadas en la Confesión y que aceptamos en el bautismo?
2. Hay más en juego que el propio tema.
Nos resistimos a admitir que no es solo un tema particular en el que estamos en desacuerdo; tememos que nuestras supuestos subyacentes puedan estar en juego. La mayoría de nosotros tenemos una sensación inquietante, una corazonada de que hay más en juego que el tema mismo cuango vemos la pasión que nuestros desacuerdos provocan, pero no podemos poner ese sentimiento visceral en palabras.
Tomemos el tema explosivo del aborto. Los conservadores se oponen a él con pasión. Parte de lo que los impulsa es que están en contra de la toma de una vida humana. Pero una posición pro-vida es igualmente un simbolo de un imperativo moral más profundo: Es una línea en la arena elaborada en defensa de los “valores tradicionales” como lo define el ala derecha de la ideología Republicana. Los liberales defienden el aborto (a veces ante la demanda) porque ellos quieren un camino de salida para aquellas mujeres en una situación desesperada. Pero también defienden el derecho al aborto porque simboliza un imperativo moral más profundo: Es una línea en la arena en defensa de los “derechos individuales” como lo define el ala izquierda de la ideología Demócrata.
Tememos que si identificamos la profundidad de nuestras diferencias (dentro de las familias, congregaciones y las agencias eclesiales) va a resultar realmente inmanejable. Algunas veces estos debates se ven perpetuados por las reacciones en curso de un lado de la cuestión contra otro. A modo de ilustración, la izquierda denuncia el abandono de la posición respecto de la paz de algunos sectores de la derecha. En la superficie, los izquierdistas tienen de su lado la autoridad de la interpretación histórica menonita sobre las enseñanzas de Jesús. Pero algunas personas de la derecha también están reaccionando a una posición pacifista en la que la creencia es a menudo reducida a la ética. La no-violencia de algunos menonitas nace del escepticismo acerca de la verdad revelada, todo lo que queda de la religión es su moralidad. Debido a que la necesidad de iniciativas pacifistas es tan urgente, los argumentos por la paz y la justicia que no tienen base teológica han sido defendidos de la crítica en nuestra cultura denominacional. Esta falta de voluntad por centristas e izquierdistas de hacer juicios teológicos en este ámbito solo alimenta el miedo de los conservadores de que no sea en última instancia la enseñanza de la paz, sino la creencia en la auto revelación de Dios la que esté en juego.
3. Privilegiando diferentes partes de la Biblia.
La tercera realidad crece de una de las riquezas de nuestra tradición. Las corrientes principales menonitas de diferentes puntos de vista teológicos han hecho un sondeo y respetuoso trabajo sobre la Biblia, tanto a nivel académico como popular. Muchos de nosotros estaríamos de acuerdo que la predicación de los profetas del AT nos acerca más al reino de Dios que las prescripciones detalladas de la ley encontradas en Levítico. Pero cada escuela de pensamiento se dirige a partes privilegiadas de la Biblia en las maneras más polémicas. En cuanto al NT, algunos dicen que el corazón del evangelio está en Mateo, Marcos y Lucas (la ética); mientras otros afirman que se encuentra en Pablo y Juan (la espiritualidad).
Cada acercamiento a la Biblia hace uso de una jerarquía de verdades. Las interpretaciones que ven el ordenamiento de la sociedad como uno de los grandes regalos de Dios privilegian pasajes como Romanos 13:1-7 (“Sométase toda persona...”). Las personas que ven el reordenamiento radical de la sociedad como un regalo más grande privilegian pasajes como Hechos 17:1-8 (“...hay otro rey llamado Jesús.”). Necesitamos criterios más claros de por qué decimos que algunos pasajes son más centrales en los propósitos de Dios para la iglesia y la creación que otros. De lo contrario vamos a continuar hablando unos sobre otros. Por ejemplo, un conservador convencido puede rechazar la autoridad vinculante de Mateo 5:38-48 (“No te resistas al malechor...”) pero insistir en el autoridad de la condena de Pablo en Romanos 1:18-22 (“...los hombres se apasionan los unos por los otros”). Un liberal convencido puede hacer lo contrario. Un punto de partida para un discernimiento honesto podría ser admitir que tenemos diferentes lecturas de la Biblia, para diseñar la forma en que se decide que es autoridad y como vivimos en respuesta a ello.
4. Misión: ¿Cambiar a las personas y/o las estructuras?
Finalmente, existe la cuestión de la misión. Es de una importancia definitiva por que no nos deja resolver los problemas frente a nosotros simplemente con palabras. La marca del seguidor de Jesús es la “obediencia en la fe” (Romanos 16:26). Ser un fiel creyente, ser el cuerpo fiel de Cristo surge de darse una oportunidad en Dios, tomando el riesgo de vivir como si el Reino de Dios estuviera cerca (Marcos 1:15). Todo lo demás son “bronce que resuena y campana que retiñe” (1 Corintios 13:1).
Vida arriesgada es el nivel de campo de juego en el cual los contendientes se reúnen para un correcto entendimiento del evangelio. Esto, sin embargo, no significa que las declaraciones de verdad sean irrelevantes. Vamos a simplificar las dos visiones enfrentadas sobre la misión por el bien de la discusión. ¿Es nuestro llamado el dar testimonio de Cristo como Salvador del mundo y construir una iglesia con aquellos que lo confiesan como Señor? ¿O es nuestro llamado hacer causa común con todos aquellos que se ponen en la línea de la paz y la justicia?. Muchos cristianos (y personas que trabajan en las agencias de nuestras iglesias) trabajan duro para superar esa polaridad. Durante mucho tiempo, una de nuestra juntas de misión predecesoras tenía el lema: “Todo el evangelio para un mundo quebrado.”
Sin embargo, en nuestras agencias, escuelas y congregaciones, la gente tiende a alguno de los extremos. Por un lado están los creyentes que conocen la tiranía del pecado en sus propias vidas y se han liberado de ella por Cristo. Ellos no saben de ninguna vocación más elevada que la de testificar la maravillosa gracia. Estas personas a veces se preocupan tanto por la
conversión personal que olvidan que es sólo un punto de entrada en el propósito de Dios para la creación.
Por otro lado están los creyentes que conocen la tiranía del pecado en la vida de los guetos y las naciones y están convencidos de que el Reino de Dios puede liberar al mundo de la opresión y la guerra. A veces se preocupan tanto por el cambio del sistema que se olvidan que sólo las personas que han sido íntegras por Cristo pueden mantener el rumbo de hacer un mundo íntegro. Si las personas de todo el espectro pueden reconocer que aquello a lo que son llamadas (cambiar estructuras o personas) sólo es una parte del evangelio, sus ministerios se vuelven complementarios y se afirman mutuamente.
Estos énfasis se convierten en divisorios cuando cada parte insiste en que sólo su camino es fiel.
Aquellos que hacen de la conversión personal todo lo que hay en el evangelio – e insisten que el trabajo por la justicia es una distracción de la iglesia – sólo tienen la mitad del evangelio.
Del mismo modo, aquellos que ven el evangelismo como una ofensa a otras declaraciones de verdad – y no tienen corazón para ver a las personas perdidas que encuentran a Cristo – tienen sólo la mitad del evangelio. Aqui es donde el debate sobre la misión tiene que comenzar.
Cuando nos arriesgamos a hablar y orar, sincera y caritativamente, sobre cómo entendemos la Biblia y el Espíritu, cuando nos arriesgamos a desempacar nuestros suposiciones implícitas y subyacentes, cuando corremos el riesgo de enfrentar la selectividad con la cual todos nosotros nos acercamos a la Biblia, cuando corremos el riesgo de una comprensión más profunda de la evangelización y la justicia en la venida del Reino, entonces habremos encontrado el camino de regreso al rumbo que nos alinea con el amor de Dios.
John D. Rempel es profesor de Teología Histórica y Estudios Anabautistas y director asociado del Institute of Mennonite Studies de la Associated Mennonite Biblical Seminary en Elkahart. Ind.