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Realizar la Gracia en buenas obras


Por Victor Pedroza C. (Mexico)

Martes. Día muy frío. A las 11 am estábamos a 4 grados aunque brillaba el sol. Los voluntarios que sirven en el comedor llegaron a tiempo, contentos, como siempre. Pero hoy fue diferente, porque hoy nos visitaron. Un hombre mayor que me dijo venía caminando desde su rancho. Le dolían los pies, sus botas le apretaban, se dirigía a la ciudad. Comenzó a contarme su historia. De sus ojos azules brotaban tímidas lágrimas. Le dije que teníamos unas cajas donde podría encontrar algo y que estaba invitado a comer. Me avisó que había encontrado unos tenis y siguió contando su historia: hacía muchos años su cuñado mató a su hermana embarazada y él aún no sanaba, le dolía, aún no perdonaba. “Soy albañil y me gusta serlo, hago bien las cosas”, “ah, el padre hace tiempo ya no llega a darnos misa”. Si nos invitas, le dije, podemos visitarlos y hacer un culto. No aceptó quedarse a comer. “Dios va a bendecirlos por todo lo que hacen, El siempre da muchas bendiciones”. Y se fue. Más tarde llegaron tres campesinos. Recientemente, en la ciudad y nuestro pueblo se han visto muchas familias campesinas. Se vienen de la sierra porque allá no hay trabajo y se niegan a hacer el otro trabajo, el ilegal. El alcohol, la tuberculosis y su miseria económica les son un verdadero azote. “Ve por la mujer” le digo –así hablan ellos--, hay algunas ropitas que pueden servirles. Pero además de la mujer, trae a otro joven que se mira enfermo. ¿Qué tienes? Le pregunto. “me acuchillaron unos pandilleros” y me enseña sus heridas. “Por eso ya llevo dos semanas sin trabajar”. Bueno, no estás en la lista pero vamos a ver si alcanzas comida. Evaristo, el otro hombre, me dice donde vive y me pide que lo visite. Sé dónde. Es un lugar pequeño, inadecuado. Ahí están ahora, él, su mujer y una niña. Tomo un salero, una caja de cerillos, unos platos, vasos, cucharas de la cocina y se los doy también.

Mientras las hermanas limpian el frijol, comentan sobre lo bonito que es ayudar a otros. “Y, ¿que pasa cuando no ayudamos a la gente?” – Pregunta María---, yo, sin tardanza le respondo: ¡nos ponemos asquerosamente gordos! Pues es como si Dios nos dijera: “ah, ¿no quieren compartir su comida? ¡Pues entonces tráguensela toda! Y al rato le decimos: Señor, cúranos, estamos enfermos. Y eso pasa por tragarnos todo y no compartir nada”. Las hermanas, están destornilladas de la risa. ¡Ay, que buena enseñanza, es cierto!. Por eso la Escritura dice: “Más bienaventurada cosa es dar que recibir”.

Llegada la hora de servir las porciones, me alegra ver que estas van rebosantes. Kiko, un alcohólico, me pide perdón por llegar borracho, y da las gracias porque va a llevar algo para su esposa. Carmen, una anciana, se para en su puerta y nos dice adiós. Porfirio, sordomudo, me recibe con sonrisas y me conduce a su cocina, ahí está su hermano paralítico que espera. Evodia me dice que si también puedo llevarle leña pues tienen mucho frío. Yo veo sus vivienditas: tan sencillas, tan inadecuadas para el invierno, ¡están llenas de agujeros por todos lados! ¡Señor, protégelos por favor! ¡Que tu presencia los llene de calor!

¡Los retos son enormes! ¡Los cristianos, muchos, muchísimos, se niegan a asumirlos! El cristianismo del confort, de tragarse las bendiciones y engordar es el de las puertas y corazones cerrados. Se niegan a realizar la Gracia en buenas obras. Ignoran quiénes son sus prójimos. Por eso siempre están enfermos, no les gusta su casa, no les alcanza su salario, y no han entrado, todavía, a la alegría de la vida, es decir, al Reino de Dios.

 

 

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