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Cristo, no la esposa

Victor Pedroza

Por Victor Pedroza Cruz (Pastor Menonita. Chihuahua, México)

Un colega pastor nunca deja de preguntarme cuando nos encontramos: ¿Y, como está tu matrimonio? ¿Cómo marchan las cosas con tu esposa? Agradezco que mi colega me haga semejante pregunta pues eso, nos sitúa en una relación de confianza e intimidad, siempre es bueno y necesario el pastoreo de otro. Con todo, no puedo dejar de pensar que detrás de la pregunta que, insisto, es muy sincera, se esconde todo un constructo ideológico que coloca a la pareja en el centro de la vida misma y le confiere una función que, en mi opinión no es muy saludable.

Recuerdo que este interés por el matrimonio y la familia tuvo un boom por allá de los años 80s. La literatura producida desde entonces puso un énfasis inusitado en ambos temas. Larry Christenson, Tim LaHaye, Ed Wheat y muchos más. Todos ellos autores norteamericanos. En las iglesias comenzaron entonces a promocionarse los encuentros matrimoniales, campamentos familiares, talleres, conferencias. Fue una verdadera explosión donde yo, desde luego también participé como asistente, organizador y conferencista. ¡por poco y hasta hago una maestría en terapia familiar sistémica! Las cosas han seguido su rumbo con abandonos y adendos: los promisse keepers, los talleres sobre el perdón, el romper las maldiciones generacionales y un larguísimo etcétera.

A pesar de todo eso que se sigue promocionando (en mi propia iglesia ya es tradición inamovible en los planes de trabajo anuales) sigo viendo parejas en crisis, parejas que gritan en silencio su hastío mutuo, parejas que tienen sexo pero que, hace mucho han dejado de hacer el amor. Sigo contemplando con alarma, niños excesivamente consentidos, en alianza con alguno de sus padres en contra del otro, niños sin límites, desobedientes y muy desinteresados en los asuntos de Dios. Los mismos acompañan a sus padres al culto, pero con sus gadgets encima para que no molesten. Sigo recibiendo en consejería a señoras que se quejan del comportamiento de sus maridos (cristianos) que son líderes de algún ministerio. La esposa de mi colega y sus hijos, hace rato que no asisten a la iglesia, ofendidos por el trato que les dieron los hermanos.

Después de escuchar a una pareja acusarse mutuamente por el mal funcionamiento de su matrimonio y familia; les digo: “Ustedes ya tienen mucho tiempo de cristianos, pero, ¿cuándo van a convertirse en discípulos de Cristo?” Se ofenden y no se arrepienten, no se piden perdón; lejos están de practicar el perdón mutuo. Uno exhibe sus buenas obras para ser considerado mejor que el otro. El amor siempre está condicionado, no es desmedido ni ilimitado. No promocionan una reconciliación que construya una relación siempre novedosa. En suma, no considerar que el sermón del monte deba ser aplicado a su matrimonio y familia y así, acudimos a uno y otro encuentro matrimonial donde las psicologías de moda nos ofrecen técnicas y claves para ser felices.

A riesgo de ser apaleado (me lo merezco por ir contracorriente) afirmo que estamos equivocados. Le dije a Ofe, “Agradezco a Dios que seas mi esposa, pero eres solo eso, mi esposa. No eres ni mi diosa, ni mi reyna, ni mi señora. Yo, ya tengo Dios, Rey y Señor y tú eres mi esposa. Tómame igual, únicamente como tu esposo y que Cristo sea tu Dios, tu Rey y Señor”.

Jesús no deja lugar a dudas ni a negociaciones: “Si alguno viene a mí, y no aborrece ….. a su mujer e hijos,….. y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.  El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. (Lucas 14: 26, 27 Bla).

Seguir a Jesús en la vida, amarlo apasionadamente, practicar sus enseñanzas, participar de su misión, caminar pues en novedad de vida es, para todo discípulo, el leiv motiv de su vida entera. Asi me guardo de ofender, lastimar o ser desconsiderado con mi esposa. Pero también puedo hacerle saber cuándo hay peticiones de su parte que se extralimitan y contradicen la enseñanza de nuestro Mesías. ¡Jesucristo es el centro de la vida entera! ¡Su enseñanza debe afectar todo nuestro comportamiento! Nosotros debemos ser sus discípulos, nunca perfectos, pero si in via, que, mientras crecemos somos sal de la tierra y luz del mundo, agentes suyos para la transformación de la sociedad en humanidad nueva. Cuando amo apasionadamente a Jesucristo, mi esposa tiene ya asegurados mi amor y mi fidelidad. Mis hijos también, mis prójimos desde luego.

En nada desdeño la pastoral a los matrimonios y familias, pero prefiero con ellos leer los evangelios y sacar mejores conclusiones. Debe ser así, porque la enseñanza de Jesús siempre nos encamina por el amor hacia la otra y los otros.

Espero que mi colega pastor, la próxima vez me pregunte: “¿Cómo está tu relación con el Señor?” su pregunta entonces me estremecerá profundamente, pues me conducirá a reflexionar si por amor he renunciado, me he donado, me he entregado, si he buscado el bien de mi esposa y no el mío solo, si me he nutrido tanto del amor de mi Señor que soy una afluente que la inunda a ella, a mis hijos y los prójimos.

 


 

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